Tratarnos bien
Hace casi veinte años, en junio de 2005, hice mi primer viaje sola. Me subí a un autobús en Praga, donde estaba de Erasmus, y unas 24 horas después (tras cambiar de autobús en Vilna), llegué a Tallín. Pasé una semana por las tres capitales bálticas y volví. De ese viaje que hice sola a propósito, porque intuía que era una experiencia que me iba a gustar, recuerdo principalmente a tres personas: una señora rusa de unos sesenta años a la que conocí en un hostel, que también viajaba sola y que me señaló en un mapa cómo estaba cumpliendo sus sueños de ciudad en ciudad, algo que no había podido hacer de joven; un señor italiano que se sentó a mi lado en el autobús y me contó su historia de amor con las abejas, y una señora polaca que me salvó la vida (más o menos) en el gran trayecto en autobús.
Hoy voy a hablar de ella, de la polaca, aunque es de quien recuerdo menos cosas. La historia se cuenta en pocas líneas: atravesando Polonia, paramos para ir al baño. En el baño solo aceptaban la moneda local, eslotis, que yo no tenía (¡porque no iba a Polonia!). Chapurreé en checo mi problema («solo tengo coronas [checas]»). La señora me dio un esloti y yo fui muy feliz. Fin.
Es uno de los ejemplos que se me vienen a la cabeza cuando oigo a alguien decir eso de que la gente ya no ayuda a desconocidos, o de que en Europa son muy fríos y pasan de ti (los grupos de personas que me rodearon y ofrecieron agua en cada una de mis caídas de la bici en Viena son una prueba de lo contrario), que, en general, somos una sociedad echada a perder. Mi pensamiento cada vez que alguien me trata mal es que está teniendo un mal día o que es, esa persona en particular, algo idiota. Mi generalización funciona por la parte positiva (¿son todas las señoras polacas salvavidas en un baño público? ¡claro!). Mi cerebro es de forma natural algo iluso e inocente, quizá, pero la verdad es que así se vive muy bien.
Hace un par de días, estando sola en casa, me pillé un dedo de una forma muy absurda. Al final no fue nada, mi uña ni cambió de color, pero el dolor me llevó corriendo a Alemania, a otro día en el que me pillé un dedo y a otra persona que se apiadó de mí en un baño público (¿son los baños centros de solidaridad femenina? Sabemos que sí). Estaba en Múnich con Cris, no sé si comiendo o tomando algo, y fui al baño. Las puertas eran peligrosas y me pillé mucho el dedo, que cambió de color de forma instantánea. Mientras le echaba agua fría, me empecé a marear, así que me senté en el suelo (como persona que se ha desmayado en más de una ocasión, sé bien reconocer las señales y actuar para evitar ese desenlace). Y ahí estaba, sentada en el suelo al lado de un lavabo y con el brazo estirado para seguir echándole agua al dedo, cuando entró una chica en el baño.
Tras hacer sus necesidades y lavarse las manos, algo confundida por la escena, me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, le conté lo que había pasado, pero que no se preocupara.
—¿Estás con alguien, llamo a alguien?
—Sí, una amiga mía está fuera en la terraza, pero no pasa nada. Si yo creo que ya puedo ir. Además no me traje el móvil.
—Pues te acompaño.
Yo creo que no era necesario y me sentí algo abochornada, pero también agradecida. Luego creo que fue Cris (o a lo mejor fue esta chica) quien avisó a los del bar y me trajeron un cubo con hielo. Yo quería meterme en un agujero y no salir, claro, pero fue bonito también sentirse tan cuidada. No entiendo por qué creemos que esto no es lo normal, sobre todo cuando, en esa situación, la mayoría hubiésemos hecho lo mismo. Cómo no darle una moneda a esta persona que se hace pis, cómo no acompañar a esta otra hasta su amiga para asegurarme de que efectivamente no se desmaya.
Tengo mis propias opiniones sobre esto de pensar lo peor de todo el mundo (cómo, por otra parte, cuando creemos que estamos echados a perder como sociedad nunca nos incluimos en esa supuesta mayoría que ignora y no ayuda). Tengo conclusiones que son bastante simplistas y, diríais si os las contara, muy de persona que no tiene los pies en la tierra (aunque al pensar esto de vosotros estoy precisamente cayendo en eso que critico). Sé que hay cosas que van mal, que hay gente mala, que hay corrientes de pensamiento preocupantes, que vivimos en una burbujita que mira para otro lado en muchísimas situaciones. Pero también creo que tratarnos bien cuando nos cruzamos es algo que sigue siendo lo normal. Y de ahí, creo, es de donde sale la esperanza. (Esto es muy cursi, ya lo sé, pero me da igual).