Anclada en una revolución tecnológica anterior
La primera vez que lo vi, lo atribuí a una diferencia generacional: una persona más joven que yo acababa de ganar un premio y, al llegar al escenario, en vez de sacarse de la solapa o de un pliegue escondido un papelito doblado varias veces, alzó el móvil, que llevaba en la mano, y leyó de ahí los agradecimientos. En otra ocasión, una persona de mi edad dio una charla y delante tenía un iPad y no un cuaderno o unas notas impresas. En algún momento de estos últimos años, he ido concluyendo, me quedé anclada en una revolución tecnológica anterior *.
Tengo más ejemplos recientes: en una entrega de su newsletter, Carmen Pacheco compartía un artículo sobre la app de Notas, compartía algunas suyas y pedía a quien leía que podía compartir en el canal de Telegram pantallazos de las suyas. Y, bueno, parece que todo el mundo la usa para todo tipo de cosas. El otro día, comentando esto con unos amigos, les pregunté si la usaban. Claro, me dijeron. (Voy a ser sincera: yo apunto a veces ideas de regalos y hubo una ocasión, hace mil años, que anoté algunas impresiones de unos conciertos en un festival que estaba cubriendo). La señal real de mi desconexión con los usos más extendidos es que no uso Google Calendar ni ninguna app de calendario. Las tengo, sí, y si tengo alguna reunión por Meet o Zoom o alguna entrevista por videollamada, se registra ahí. Pero mis citas médicas (¿qué dice de mi vida que sea este mi primer ejemplo?), los eventos culturales a los que quiero ir, la planificación, en general, de mis semanas futuras, va siempre en papel. En papel o en mi cabeza, porque no siempre apunto nada más saber.
No haber hecho el traslado con todo el mundo a ese universo digital no ha sido una decisión consciente. En realidad, me recuerdo siempre, en aquella época en la que las apps hacían ilusión, probando distintos calendarios, aplicaciones de listas de tareas, cositas como Evernote por las que mucha gente jura. Lo intenté todo, soñé con pasar mi vida a Notion —y lo sigo intentando, tengo una cuenta reciente en A.re.na con la que no sé bien qué hacer—, pero acabo siempre en el único sistema que me funciona y que hace más feliz a mi cerebro.
Cuando me veo intentando sin éxito ser más digital en estos temas (porque en otros lo soy mucho), me digo que es absurdo. Durante toda mi vida, me recuerdo queriendo usar mejor las agendas (que no hubiera semanas en blanco; no solo apuntar las cosas, sino mirarlas también) y deseando ser de esas personas que siempre llevan un cuaderno encima en el que escriben y apuntan. Resulta que no lo soy, y por eso lo del bullet journal —la flexibilidad absoluta, pero con cierto orden— me vino tan bien. No hubo que intentar nada, funcionó desde el primer día.
Me está pasando un poco lo mismo con algo que hago desde el año pasado: al acabar de leer un libro, copio las cosas que he subrayado en mi diario de lectura (ese diario es un reto constante, pero de momento en 2025 va al día). Lo hice por primera vez para una niusléter y fue un descubrimiento: ese volver a lo leído y destacado, y ese dedicarle tiempo, simplemente, a copiar. Sé que hay gente que lo hace desde siempre y lo considera básico, y también que es una tradición, la de los commonplace books —o libros de citas: cuadernos en los que se anotan frases y citas de lo que se lee—, que tiene varios siglos y sobre la que hay cada vez más estudios, pero yo lo estoy viviendo con la ilusión de la novedad. Qué bonito pasar las páginas de ese diario de lectura que está en el mismo cuaderno desde 2012 (siempre intenté mantenerlo al día, nunca lo conseguí) y que de pronto los libros ya no tengan solo una anotación de «lo leí hace dos meses, creo que me gustó», sino citas textuales —algunas largas porque al subrayar no me doy cuenta— que le dan vida.
Hay dos libros que leí en lo que va de año que me hablan mucho de esto. Uno es The Notebook, de Roland Allen, sobre la historia de los cuadernos (o la historia de pensar sobre papel, como dice su subtítulo). El otro es How Romantics and Victorians Organized Information, de Jillian M. Hess (que tiene una newsletter, Noted, sobre eso: cuadernos y notas). Y, gracias a este gran descubrimiento propio que he hecho de copiar citas, además de entender mejor cómo se construyen ciertos textos y de sentir ya que pienso mejor (¡solo he tardado cuarenta años!), puedo cerrar este texto con una frase que no es mía (la traducción sí lo es):
“Cuando los cuadernos aparecen en escena, pasan cosas interesantes. ”
Puedo añadir también una reflexión propia a modo de conclusión: no os forcéis a usar apps o usar cuadernos, pero probad cosas que os atraen. A veces, de pronto, todo hace clac y encaja a la perfección.
* ¿Son los cuadernos una revolución tecnológica? Si lo pensáis bien (o leéis The Notebook) veréis que sí.