Mi sentido favorito
El otro día, Raquel nos contó que uno de los síntomas del catarro-casi-neumonía con el que lleva buena parte del año es que ha perdido el olfato, algo que le molesta mucho porque «es uno de mis sentidos favoritos». Por supuesto, esto me llevó de forma automática a pensar en mi propia relación con mis sentidos. ¿Quién ocupa la primera posición de ese ranking que nunca se me había ocurrido hacer? No es, desde luego, el olfato, al que creo que coloco en la cola; al menos, hasta que un periodo de anosmia me haga replantearme mis prioridades. Como persona que nunca ha usado colonias ni perfumes —y que se sorprende cuando recuerda que hay gente que reconoce colonias y perfumes—, me da un poco igual el olor de las cosas, siempre que no huelan mal. Esto no significa que no aprecie los aromas agradables, que no me produzca placer oler una naranja o un jazmín o el café o las sábanas recién lavadas o un lápiz bueno recién afilado. Es solo que, en la competición con los otros sentidos, el olfato sale para mí perdiendo.
El primer puesto no lo tengo que pensar mucho y no creo que sorprenda a nadie: es el oído. (Pensé en introducir aquí una broma y decir que era el sentido común, pero os la he ahorrado). Es tan típica, tan de decir «a mí es que me gusta la música», que me da bastante rabia, pero decir otra cosa sería mentir. Creo que ningún otro sentido me obliga a cerrar los ojos (ja, pobre vista) de forma inesperada o hace que escriba como una adolescente intensa. Si Bright Eyes, que es lo que estoy escuchando estos días con la devoción y aplicación de alguien mucho más joven, fueran solo sus letras (¡poesía!), bueno, seguro que me importarían menos. El oído sobrevive también en ese puesto cuando lo desnudo y lo despojo de todas las capas culturales asociadas a la música: recuerdo que una de las cosas que más me gustaba de mi coche cuando lo compré era el sonido del intermitente. Hacía —hace— tic-tac, como todos los intermitentes, pero había una pequeña variación que nunca había detectado. Yo se lo decía a la gente cuando se subían conmigo al coche y me miraban un poco con cara de «claro, Ana». Ahora, años después, ya no lo distingo de otros intermitentes, pero esos primeros días le dieron sentido al trabajo del diseñador de sonido que creó ese tic-tac específico.
Aunque me gustaría hablaros ya del tacto, creo que tengo que meter la vista en este segundo lugar, el sentido dominante, ese que damos por supuesto hasta que nos falla de forma más o menos reversible. Ver cosas bonitas no me produce lo mismo que escucharlas (debería decir mirar para comparar elementos al mismo nivel), pero sí me hace bastante feliz. Mi alfombra de colores, todas las fotos de cielo y nubes que hacía ya incluso cuando cada foto era una oportunidad menos en un carrete, el verde de los árboles contra el azul del cielo, los tubos de distintos azules de cuando de pequeña iba a clase de pintura, los colores de las películas de Jessica Hausner.
Pero vayamos al tacto, que es el sentido en el que más he pensado en los últimos meses. Todo empezó cuando Clara me pasó un pantallazo de un texto en el que hablaban del juego Jugar a vivir *, diciendo que se había acordado de mí al leerlo. A mí no me sonaba de nada, pero resulta que no solo era un juego al que habíamos jugado muchísimo de pequeñas porque estaba en mi casa (como confirmó mi hermana cuando se lo dije, esperando que dijese que tampoco se acordaba o que, al menos, recordase el juego en casa ajena**). La memoria me llegó por el tacto: Clara me describió las fichas (unos cochecitos; al salir, ibas con un pasajero, un palito azul o rosa dependiendo de si eras niño o niña; al ir avanzando por el tablero-vida, añadías otros palitos (cónyuge e hijos o hijas, no había sitio para otros vínculos u otros géneros)). Recordé de pronto tocar los cochecitos y poner los palitos, volví a notarlos en la punta de los dedos.
Me pasó lo mismo otro día en el que, tras enseñarle a mi madre un vídeo sobre cómo ponerse un kilt de las tierras altas escocesas (estaba viendo Outlander, comprendedme), me acordé de la falda escocesa que tenía de pequeña. Pensando en cómo era y cómo se ponía, la memoria táctil volvió a darme la información presentándome unas hebillas que recordé tocar y manipular. El tacto también se ha colado en mis sueños en forma de manos que se rozan y generan una corriente de bienestar que hace que no me quiera despertar (pienso en un sueño en particular de hace mil años que no, no tenía nada erótico, solo un contacto estático que me llenaba de paz).
El gusto, quizá por su relación tan directa con el olfato, lo tengo ahí en un cuarto lugar probablemente inmerecido, especialmente si pienso en ciertos quesos, en el pulpo á feira, en chocolate negro, en mezclar frutas.
Lo de esa relación con el olfato me hace pensar que, a lo mejor, los sentidos son también un continuo (como los colores, como los sonidos) que hemos dividido de forma algo superficial. Si el cerebro, que es el que lo gestiona todo, me hace cerrar los ojos con ciertas canciones, quiero pensar que es por esa interconexión sensorial. Ordenar los sentidos es divertido, pero injusto (a esta importante conclusión he llegado tras reflexionar varios días). No quiero que el karma venga y me deje sin olfato. La nariz, como las orejas o los ojos o la lengua o la piel, también me enseña el mundo. Y qué bien que la naturaleza haya decidido que funcionemos así.
*El texto era de Leonard y Hungry Paul, de Rónán Hession, que se puede leer en la traducción que ha hecho Clara para Alpha Decay.
** Nueva información: parece ser que el juego también estaba en su casa, por lo que sí que claramente jugábamos mucho aunque solo lo recuerden mis dedos.
La canción de hoy es porque al pensar en puntas de dedos siempre acabo cantando su estribillo.